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martes, 11 de diciembre de 2012
jueves, 18 de octubre de 2012
Tu Alianza, nuestra misión. 18 de octubre Schoenstatt Alemania. 98 años de Alianza de Amor
Tu Alianza, nuestra misión
Por lo tanto, declaro abierto el Año de la Corriente Misionera
mev. “¡Qué
emocionante es estar aquí!” dijo una peregrina de Chile que se dirigía hacia el
Santuario Original en la tarde del 17 de octubre. Desde muy temprano ya se veía
mucho movimiento alrededor del Santuario para que ningún detalle se escape en
la preparación inmediata a la
Vigilia.
A las siete de la tarde ya habían llegado muchos
peregrinos, más de uno se acercó para encontrar la bandera de su país en la
puerta de entrada al Santuario. Era definitivamente un ambiente de fiesta y de
expectativa.
Antes de dar comienzo a la vigilia, los presentes
pudieron disfrutar de un video que recogía las experiencias vividas en torno al
Santuario Original en el último año. “¡Parece mentira que el año pasado vi la
transmisión por Schoenstatt-TV y ahora puedo estar aquí!” dijo alguien con
mucha emoción. En más de uno esta emoción era notoria: palabras, sonrisas,
gestos de asombro y hasta lágrimas que hablaban del gran regalo que era estar
presentes en esta hora de gracias.
“Tu Cruz, Jesucristo y tu imagen, María…”
Luego de una oración de gratitud por el Año de la Corriente del Santuario
y sus frutos, se imploró el Espíritu Santo para que envíe a todos los hijos de
Schoenstatt como apóstoles de la
Alianza de Amor. Todos los asistentes se unieron en oración,
con fervor y confianza, para luego presenciar la entrada de la Auxiliar de Europa y una
Cruz de la Unidad. El
año de la corriente misionera es vinculado fuertemente con los símbolos de la Peregrina y de la Cruz de la Unidad como signos del
compromiso misionero.
Entre cantos y oraciones en varios idiomas fueron
presentados los cinco campos de apostolado – definidos en la Conferencia
2014 – por personas que ya llevan a cabo su misión en cada una de estas áreas.
Mientras ellos hablaban de su apostolado, señoras de Chile se acercaban al
escenario para depositar delante de la
Mater unos recipientes de colores… muchos los observaban con
asombro preguntándose que significaría aquello.
El deseo de ser verdaderos misioneros de la Alianza de Amor.
Debido a la participación del P. Heinrich Walter
en el Sínodo de Obispos en el Vaticano, le fue imposible estar presente para
inaugurar el Año de la
Corriente Misionera desde el Santuario. Sin embargo, a través
de un video envió su mensaje para el Año de la Corriente misionera en
varios idiomas. El texto de su mensaje fundamental se ofreció
simultáneamente a través de schoenstatt.org; el boletín oficial enviado
temprano este día avisó a todos del link que se iba a activar a la hora de la vigilia.
Para concluir su mensaje el P. Walter dijo “Por lo tanto, declaro abierto el
Año de la
Corriente Misionera.” Ante estas palabras nadie pudo
contenerse y todos explotaron en un gran aplauso que dejaba al descubierto la
alegría de este nuevo comienzo y el deseo de ser verdaderos misioneros de la Alianza de Amor.
Alianza multicolor
El misterio de los recipientes de vidrio fue
desvelado por el P. Stefan Strecker – jefe del Equipo Central 2014 - , cuando –
antes de concluir – explicó que cada recipiente tenía diferentes colores porque
así de diferentes son los proyectos que han surgido de la Alianza de Amor. Dentro de
los envases había piedras luminosas que fueron repartidas entre todos los
asistentes con la invitación de que las regalen en un gesto apostólico, como
cuando las piedras son lanzadas al agua y forman ondas que se van extendiendo.
Todos aceptaron esta invitación e hicieron lo posible por alcanzar una de las
piedritas luminosas. Cuando aun había mucha gente cerca del Santuario se podía
ver que unos a otros se regalaban piedritas y se decían “ahora tienes una
misión!”
www.schoenstatt.org
martes, 11 de septiembre de 2012
ZENIT - 'Una fe que no se desanima sino que sabe arriesgar'
ZENIT - 'Una fe que no se desanima sino que sabe arriesgar'
La fiesta litúrgica de la natividad de la virgen María es muy antigua. Se comenzó a celebrar en el lugar donde, según una antigua tradición, estaba la casa de los padres de María, Joaquín y Ana. Desde hace ya muchos siglos la comunidad cristiana se deja guiar por este misterio de amor que Dios ha realizado en nuestra historia. Hoy también estamos aquí para continuar esta tradición de nuestra fe. Justamente aquí, en este santuario de Schönstatt donde el padre Kentenich quiso abrir su corazón, ofreciendo a tantas personas la posibilidad de encontrar en María a la fiel compañera de la vida. Venimos a pedir al Señor por intercesión de su Madre, la fuerza y la gracia para ser en el mundo testigos creíbles y fieles de su amor, y anunciadores de su evangelio. Y también hay otro motivo importante que nos trae a este santuario: queremos entregar a María el próximo sínodo sobre la Nueva Evangelización y el año de la Fe. No podemos olvidar que justamente en Schönstatt, el padre Kentenich anticipó con espíritu profético algunas intuiciones del Concilio Vaticano II. Entregamos estos momentos tan importantes para la vida de la Iglesia a la Madre de la Iglesia, que Juan Pablo II ha invocado también como “estrella de la nueva evangelización”. Y nos unimos espiritualmente al Santo Padre Benedicto XVI, que el 4 de octubre, desde la casa de María en Loreto, pondrá bajo la protección de la Virgen el Año de la Fe y la Nueva Evangelización.
El evangelio que hemos escuchado recuerda el misterio realizado en la vida de aquella joven, que desde aquel momento todas las generaciones llaman “bienaventurada”. ¿Qué sucedió aquel día?¿Cuáles fueron los sentimientos de María? Dificilmente encontraremos una respuesta a estas preguntas. Lo que sabemos con certeza es que Dios entró en su vida y la invitó a creer en su palabra y a confiar en Él. María creyó. En la simplicidad del relato encontramos una verdad muy profunda: si el hombre quiere encontrar el significado de su vida debe confiar en Dios. Este es, propiamente, el desafío que estamos llamados a enfrentar. ¿Puede el hombre de hoy creer en Jesucristo? Este hombre, sumergido en el ruido, que no conoce ya el valor del silencio; este hombre que sólo cree en lo que ve y no se fía de nadie, y por esto mismo cada vez más encerrado en la soledad; este hombre que sólo vive de las certezas que le ofrece la ciencia y la técnica... en definitiva, el hombre contemporáneo, el que vive junto a nosotros, el vecino de casa... ¿puede todavía creer en Jesucristo como Salvador del mundo?
A un mundo que considera todo obvio, debemos proponerle la novedad profunda del Evangelio de Jesucristo. Es una tarea difícil, que requiere de nuestra parte la fuerza de la fe. Estamos llamados, los creyentes en primer lugar, a reavivar nuestra fe como respuesta siempre atenta y convencida a la palabra de Dios. Una fe que no se desanima, sino que sabe arriesgarse. Una fe que no se esconde, sino que atestigua públicamente sus convicciones. Una fe que no pierde coraje frente a las dificultades, sino que se hace fuerte y confía en la presencia del Espíritu. Una fe que no se encierra en el individualismo y en lo fácil, sino que es una experiencia de comunidad. Una fe que no se cansa ni cae en la rutina por el pasar de los años, sino que se renueva con entusiasmo y se expone por las calles del mundo para sostener a los nuevos evangelizadores.
María nos recuerda hoy el “compromiso de la fe” (1 Tes 1,3). Un compromiso a evangelizar siempre, donde sea y a pesar de todo. La bella oración que se hace aquí ante la Virgen, “Nada sin ti, nada sin nosotros”, se convierte en prenda de la nueva evangelización. Un compromiso que hoy asumimos ante ella con la promesa de conservarlo cada día y hacerlo siempre más fecundo; así como ella ha hecho con la vida de Jesús, que “conservaba en su corazón...” Por ello, Jesús “crecía” junto a ella. Jesús debe crecer en nosotros y su Madre es la vía privilegiada para acceder a su misterio. Compromiso que se alimenta con la escucha de la Palabra para ser capaces de hacer su voluntad; en la participación de la santa Eucaristía dominical para vivir el misterio de su amor y de gracia; en el testimonio de la caridad para mostrar cómo viven los discípulos de Cristo. El mundo de hoy necesita hombres y mujeres de fe, convencidos de la elección que han hecho. Los cristianos no somos personas ingenuas o fabuladores crédulos, como a menudo alguno nos reprocha, para transformar la fe en una burla. Al contrario, somos verdaderamente personas libres, porque elegimos confiar nuestra vida a aquello que es esencial: el misterio de Dios que ama y ofrece la vida para siempre.
Recordar el nacimiento de la virgen María nos permite mirar profundamente nuestra vida y dejarnos plasmar por el amor de Dios; ¡Él también a través de nosotros puede seguir realizando maravillas!
Una fe que no se desanima sino que sabe arriesgar'
Homilía en el santuario de Schönstatt de monseñor Fisichella
SCHÖNSTATT, martes 11 septiembre 2012 (ZENIT.org).- Ofrecemos el texto de la homilía pronunciada el sábado pasado, en el santuario mariano di Schönstatt, Alemania, por monseñor Rino Fisichella, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, con motivo de la fiesta de la Natividad de María.
La fiesta litúrgica de la natividad de la virgen María es muy antigua. Se comenzó a celebrar en el lugar donde, según una antigua tradición, estaba la casa de los padres de María, Joaquín y Ana. Desde hace ya muchos siglos la comunidad cristiana se deja guiar por este misterio de amor que Dios ha realizado en nuestra historia. Hoy también estamos aquí para continuar esta tradición de nuestra fe. Justamente aquí, en este santuario de Schönstatt donde el padre Kentenich quiso abrir su corazón, ofreciendo a tantas personas la posibilidad de encontrar en María a la fiel compañera de la vida. Venimos a pedir al Señor por intercesión de su Madre, la fuerza y la gracia para ser en el mundo testigos creíbles y fieles de su amor, y anunciadores de su evangelio. Y también hay otro motivo importante que nos trae a este santuario: queremos entregar a María el próximo sínodo sobre la Nueva Evangelización y el año de la Fe. No podemos olvidar que justamente en Schönstatt, el padre Kentenich anticipó con espíritu profético algunas intuiciones del Concilio Vaticano II. Entregamos estos momentos tan importantes para la vida de la Iglesia a la Madre de la Iglesia, que Juan Pablo II ha invocado también como “estrella de la nueva evangelización”. Y nos unimos espiritualmente al Santo Padre Benedicto XVI, que el 4 de octubre, desde la casa de María en Loreto, pondrá bajo la protección de la Virgen el Año de la Fe y la Nueva Evangelización.
El evangelio que hemos escuchado recuerda el misterio realizado en la vida de aquella joven, que desde aquel momento todas las generaciones llaman “bienaventurada”. ¿Qué sucedió aquel día?¿Cuáles fueron los sentimientos de María? Dificilmente encontraremos una respuesta a estas preguntas. Lo que sabemos con certeza es que Dios entró en su vida y la invitó a creer en su palabra y a confiar en Él. María creyó. En la simplicidad del relato encontramos una verdad muy profunda: si el hombre quiere encontrar el significado de su vida debe confiar en Dios. Este es, propiamente, el desafío que estamos llamados a enfrentar. ¿Puede el hombre de hoy creer en Jesucristo? Este hombre, sumergido en el ruido, que no conoce ya el valor del silencio; este hombre que sólo cree en lo que ve y no se fía de nadie, y por esto mismo cada vez más encerrado en la soledad; este hombre que sólo vive de las certezas que le ofrece la ciencia y la técnica... en definitiva, el hombre contemporáneo, el que vive junto a nosotros, el vecino de casa... ¿puede todavía creer en Jesucristo como Salvador del mundo?
A un mundo que considera todo obvio, debemos proponerle la novedad profunda del Evangelio de Jesucristo. Es una tarea difícil, que requiere de nuestra parte la fuerza de la fe. Estamos llamados, los creyentes en primer lugar, a reavivar nuestra fe como respuesta siempre atenta y convencida a la palabra de Dios. Una fe que no se desanima, sino que sabe arriesgarse. Una fe que no se esconde, sino que atestigua públicamente sus convicciones. Una fe que no pierde coraje frente a las dificultades, sino que se hace fuerte y confía en la presencia del Espíritu. Una fe que no se encierra en el individualismo y en lo fácil, sino que es una experiencia de comunidad. Una fe que no se cansa ni cae en la rutina por el pasar de los años, sino que se renueva con entusiasmo y se expone por las calles del mundo para sostener a los nuevos evangelizadores.
María nos recuerda hoy el “compromiso de la fe” (1 Tes 1,3). Un compromiso a evangelizar siempre, donde sea y a pesar de todo. La bella oración que se hace aquí ante la Virgen, “Nada sin ti, nada sin nosotros”, se convierte en prenda de la nueva evangelización. Un compromiso que hoy asumimos ante ella con la promesa de conservarlo cada día y hacerlo siempre más fecundo; así como ella ha hecho con la vida de Jesús, que “conservaba en su corazón...” Por ello, Jesús “crecía” junto a ella. Jesús debe crecer en nosotros y su Madre es la vía privilegiada para acceder a su misterio. Compromiso que se alimenta con la escucha de la Palabra para ser capaces de hacer su voluntad; en la participación de la santa Eucaristía dominical para vivir el misterio de su amor y de gracia; en el testimonio de la caridad para mostrar cómo viven los discípulos de Cristo. El mundo de hoy necesita hombres y mujeres de fe, convencidos de la elección que han hecho. Los cristianos no somos personas ingenuas o fabuladores crédulos, como a menudo alguno nos reprocha, para transformar la fe en una burla. Al contrario, somos verdaderamente personas libres, porque elegimos confiar nuestra vida a aquello que es esencial: el misterio de Dios que ama y ofrece la vida para siempre.
Recordar el nacimiento de la virgen María nos permite mirar profundamente nuestra vida y dejarnos plasmar por el amor de Dios; ¡Él también a través de nosotros puede seguir realizando maravillas!
sábado, 1 de septiembre de 2012
viernes, 17 de agosto de 2012
domingo, 25 de marzo de 2012
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