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lunes, 31 de diciembre de 2012
jueves, 6 de diciembre de 2012
martes, 14 de agosto de 2012
DOGMA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN
LA CONCEPCIÓN INMACULADA DE MARÍA
Dogma
María fue concebida sin mancha de
pecado original (de
fe).
El papa Pío IX proclamó el 8 de
diciembre de 1854, en su bula Ineffabilis, que era
verdad revelada por Dios y que todos los fieles tenían que creer firmemente
que «la beatísima Virgen María, en el primer
instante de su concepción, fue preservada inmune de
toda mancha de culpa original por singular
privilegio y gracia de Dios omnipotente, en atención a los
méritos de Cristo Jesús,
Salvador del género humano» (Dz
1641) ; cf. la encíclica Fulgens corona (1953) de Pío xii.
Explicación del dogma :
a) Por concepción hay que entender
la concepción pasiva.
El primer instante de la concepción
es aquel momento en el cual Dios crea el alma y la infunde
en la materia orgánica preparada por los padres.
b) La esencia del pecado original
consiste (formalmente) en la carencia culpable de la gracia
santificante, debida a la caída de Adán en el pecado. María
quedó preservada de esta falta de gracia, de modo que
comenzó a existir adornada ya con la gracia
santificante.
c) El verse libre del pecado
original fue para María un don inmerecido que Dios le concedió, y
una ley excepcional (privilegiusn) que sólo a ella se le concedió (singulare).
d) La causa eficiente de la concepción
inmaculada de Maria fue la omnipotencia de Dios.
e) La causa meritoria de la misma
son los merecimientos salvadores de Jesucristo. De aquí se
sigue que también María tenía necesidad de redención y
fue redimida de hecho. Por su origen natural, María,
cono, todos los demás
hijos de Adán, hubiera tenido que
contraer el pecado original («debitum contrahendi peccatum
originale»), mas por una especial intervención de Dios fue
preservada de la mancha del mismo («debuit contrahere
peccatum, sed non
contraxit»). De suerte que también
María fue redimida por la gracia de Cristo, aunque de manera
más perfecta que todos los demás hombres. Mientras que
éstos son liberados de un pecado original ya existente (redemptio
reparativa), María, Madre del Salvador, fue preservada
antes de que la manchase aquél (redemptio
praeservativa o praeredemptio).
Por eso, el dogma de la concepción
inmaculada de María no contradice en nada al dogma de la
universalidad del pecado original y de la indigencia
universal de redención.
f) La causa final (causa finalis
proxima) de la concepción inmaculada es la maternidad divina
de María : dignum Filio tuo habitaculum praeparasti (oración
de la festividad).
2. Prueba de Escritura y de
tradición
a) La doctrina de la concepción
inmaculada de María no se encuentra explícitamente en la Sagrada Escritura.
Según la interpretación de numerosos
teólogos, contiénese implícitamente en las siguientes
frases bíblicas:
a) Gen 3, 15 (Protoevangelio) :
«Inimicitias ponam inter te et mulierem,
et semen tuum et semen illius; ipsa conteret caput tuum, et tu insidiaberis calcaneo
eius». Según el texto original, hay que traducir: «Voy a
poner perpetua enemistad
entre ti y la mujer, y entre tu
simiente y la simiente suya ; ésta [la simiente o linaje de la
mujer] te herirá la cabeza, y tú le herirás el calcañar».
El sentido literal de este pasaje
podría ser el siguiente: Entre Satanás y sus secuaces por una
parte, y Eva y sus descendientes por otra, habrá
siempre una incesante lucha moral. La descendencia de Eva conseguirá
una completa y
definitiva victoria sobre Satanás y
sus secuaces, aunque ella misma sea herida por el pecado. En
la descendencia de Eva se incluye al Mesías, por cuya
virtud la humanidad saldrá triunfante de Satanás. Así pues,
este pasaje es indirectamente mesiánico; cf. Dz 2123. Concibiendo
de, forma individual «la simiente de la
mujer» y refiriendo esta expresión al Salvador (tal vez
debido al autós con que la
traduce la versión de los Setenta),
se llegó a ver en la «mujer» a Maria, Madre del Salvador.
Esta interpretación, directamente mesiánico-mariana, es
propuesta desde el siglo ii por algunos padres, como
Ireneo, Epifanio, Isidoro de
Pelusio, Cipriano, el autor de la Epístola ad
amicum aegrotum y León Magno. Pero la mayoría de los
padres, entre ellos los grandes doctores de la Iglesia de Oriente y Occidente, no dan tal
interpretación. Según ellos, María y Cristo se hallan en una enemistad
total y victoriosa contra Satanás y sus partidarios. De ahí
concluyó la teología de la escolástica tardía y de los tiempos
modernos que la victoria de María contra Satanás no hubiera
sido completa si la Virgen hubiera estado algún tiempo
bajo su poder. Por tanto, María entró en el mundo sin mancha
de pecado original.
La bula Ineffabilis hace
mención aprobatoria de la interpretación mesiánico-mariana «de
los padres y escritores eclesiásticos», pero no da ninguna
interpretación auténtica del pasaje. La encíclica Fulgens
corona, reclamándose a la exégesis de los santos Padres y
escritores eclesiásticos, así como de los mejores exegetas, aboga
por la interpretación mesiánica, que muchos teólogos
consideran como el sentido pleno (sensus plenior) intentado
por el Espíritu Santo, y otros como el sentido típico (Eva
tipo de María) de ese pasaje.
(b) Lc 1, 28: «Dios te salve, agraciada».
La expresión «agraciada» (leexocpLTWli,&v )
hace las veces de nombre propio en la alocución del ángel y
tiene que expresar, por tanto, una nota característica de
María. La razón más honda de que sobre María descanse de
manera especial el beneplácito de Dios es su elección
para la dignidad de Madre de Dios. Por consiguiente, la
dotación de gracias con que Dios adornó a María por haberse
complacido en ella
tiene que ser de una plenitud
singular. Pero su dote de gracias únicamente será plena si es completa
no sólo intensiva, sino también
extensivamente, es decir, si se extiende a toda su vida, comenzando
por su entrada en el
mundo.y) Lc 1, 41 : Santa Isabel, henchida
del Espíritu Santo, dice a María : «Tú eres bendita (eúXoyrl.
vrl) entre las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre».
La bendición de Dios, que descansa sobre María, es considerada
paralelamente a la bendición de Dios, que descansa
sobre Cristo en cuanto a su humanidad. Tal paralelismo
sugiere que María, igual que Cristo, estuvo libre de todo pecado
desde el comienzo de su existencia.
b) Ni los padres griegos ni los latinos
enseñan explícitamente la concepción
inmaculada de María. Sin embargo, este dogma se contiene
implícitamente en sus enseñanzas, ya que proponen dos
ideas fundamentale que, desarrolladas lógicamente, llevan al
dogma :
a) La idea de la perfectísima pureza
y santidad de María. SAN EFRÉN dice: «Tú y tu madre sois
los únicos que en todo aspecto sois perfectamente
hermosos; pues en ti, Señor, no hay mancilla, ni mácula en
tu Madre» (Carmina Nisib. 27). La frase de San Agustín según la
cual todos los hombres debieran sentirse pecadores,
«exceptuada la santa Virgen María, a la cual por el honor
del Señor pongo en lugar aparte cuando hablo del
pecado» («excepta sancta virgine Maria, de qua propter
honorem Domini nullam prorsus, cum de peccatis agitur,
haberi volo quaestionem»),hay que entenderla, de acuerdo con
todo el contexto, en el
sentido de que la Virgen se vio libre de todo
pecado personal.
ß) La idea tanto de la semejanza
como de la antítesis entre María y Eva. María, por una parte,
es semejante a Eva en su pureza e integridad antes del pecado
; por otra parte, es todo lo contrario que ella, ya que
Eva fue causa de la
perdición y María causa de la salud.
SAN EFRÉN enseña : «Dos inocentes, dos personas
sencillas, María y Eva, eran completamente iguales. Pero, sin
embargo, más tarde la una fue causa de nuestra muerte y la
otra causa de nuestra
vida» (Op. syr. II 327); cf.
SAN JUSTINO, Dial. 100; SAN IRENEO, Adv. haer. III 22, 4;
TERTULIANO, De carne Christi 17.
3. Evolución histórica del dogma
Desde el siglo vii es notoria la
existencia en el oriente griego de una festividad dedicada a la
concepción de Santa Ana (Conceptio S. Annae), es decir, de la concepción pasiva de María. La festividad se difundió
también por occidente, a
través de la Italia meridional,
comenzando primero en Irlanda e Inglaterra bajo el título
de Conceptio Beatae Virginis. Fue al principio objeto de esta
fiesta la concepción activa de Santa Ana, concepción que,
según refiere el Protoevangelio de Santiago, se verificó después de largo período de infecundidad, siendo
anunciada por un ángel como gracia extraordinaria de Dios.
A principios del siglo xii dos
monjes británicos, Eadmer, discípulo de San Anselmo de
Cantorbery, y Osberto de Clare, defendieron la concepción (pasiva)
inmaculada de María, es decir, su concepción libre
de toda mancha de
pecado original. Eadmer fue el
primero que escribió una monografía sobre esta materia. En
cambio, SAN BERNARDO DE CLARAVAL, con motivo de
haberse
introducido esta fiesta en Lyón
(hacia el año 1140), la desaconseja como novedad infundada,
enseñando que María había sido santificada después
de su concepción, pero estando todavía en el seno
materno (Ep. 174). Por
influjo de San Bernardo, los
principales teólogos de los siglos xii y xiit (Pedro Lombardo,
Alejandro de Hales, Buenaventura, Alberto Magno, Tomás
de Aquino; cf. S.th. iii 27, 2) se declararon en contra de la
doctrina de la Inmaculada. No hallaron el modo de
armonizar la inmunidad mariana del pecado original con la
universalidad de dicho pecado y con la indigencia de
redención que tienen todos
los hombres.
El camino acertado para hallar la
solución definitiva lo mostraron el teólogo franciscano Guillermo
de Ware y, sobre todo, su gran discípulo Juan Duns
Escoto (+ 1308). Este último enseña que la animación (animatio)
debe preceder
sólo conceptualmente (ordo
naturae) y no temporalmente (urdo temporis) a la santificación (sanctificatio).
Gracias a la introducción del término praeredemptio
(prerredención) consiguió armonizar la verdad de que
María se viera libre de
pecado original con la necesidad que
también ella tenía de redención. La preservación del
pecado original es, según Escoto, la manera más perfecta de
redención. Por tanto, fue conveniente que Cristo redimiese a
su Madre de esta
manera. La orden franciscana se
adhirió a Escoto y se puso a defender decididamente, en contra
de la orden dominicana, la doctrina y la
festividad de la Inmaculada Concepción de María.
El concilio de Basilea se declaró el
año 1439, en su 36.a sesión (que no tiene validez
ecuménica), en favor de la Inmaculada Concepción. Sixto iv
(1471-1484) concedió indulgencias a esta festividad y
prohibió las mutuas censuras que se hacían las dos partes
contendientes ; Dz 734 s. El concilio de Trento, en su
decreto sobre el pecado original, hace la significativa
aclaración de que «no es su
propósito incluir en él a la
bienaventurada y purísima Virgen María Madre de Dios»; Dz 792. San
Pío v condenó en 1567 la proposición cíe Bayo de quc
nadie, fuera de Cristo, se había visto libre del pecado
original, y de que la muerte y
aflicciones de Maria habían sido
castigo de pecados actuales o del pecado original ; Dz
1073. Paulo v (1616), Gregorio xv (1622) y Alejandro vLi
(1661) salieron en favor de la doctrina de la Inmaculada; cf. Dz
1100. Pfo Ix, después
de consultar a todo el episcopado,
la elevó el 8 de diciembre de 1854 a la categoría de
dogma.
4. Prueba especulativa
La razón prueba el dogma de la Inmaculada con aquel axioma que ya sonó en labios de
Eadmer: «Potuit, decuit, ergo fecit.» Este argumento no
engendra, desde luego, certeza, pero sí un alto grado de
probabilidad.
§ 4. MARÍA Y SU INMUNIDAD DE LA CONCUPISCENCIA
Y DE TODO PECADO PERSONAL
1. Inmunidad de la concupiscencia
María estuvo libre de todos los
movimientos de laconcupiscencia (sent. común).
La inmunidad del pecado original no
tiene como consecuencia necesaria la inmunidad
de todas aquellas deficiencias que entraron en el
mundo como secuelas del pecado. María estaba sometida, igual
que Cristo, a todos los
defectos humanos universales que no
encierran en sí imperfección moral. A propósito de
la concupiscencia, es probable que María se viera libre de
esta consecuencia del pecado original, pues los
movimientos de la concupiscencia
se encaminan frecuentemente a
objetos moralmente ilícitos y constituyen un impedimento para
tender a la perfección moral. Es muy difícil compaginar con
la pureza e inocencia sin mancha de María, que eran
perfectísimas, el que ella se
viera sometida a esas inclinaciones
del apetito sensitivo que se dirigen al mal.
Los merecimientos de María, igual
que los merecimientos de Cristo, no quedan disminuidos en
absoluto porque faltan las inclinaciones del apetito
desordenado, porque tales apetitos son ocasión pero no condición
indispensable para el
merecimiento. María adquirió
abundantísimos merecimientos no por su lucha contra
el apetito desordenado, sino gracias a su amor
a Dios y otras virtudes
(fe, humildad, obediencia) ; cf. S.th.
III 27, 3 ad 2.
Muchos teólogos antiguos distinguen
con Santo Tomás entre la sujeción (ligatio) y la
completa supresión o extinción (sublevatio, exstinctio) del forres peccati o apetito desordenado habitual. Cuando Maria
quedó santificada en el
seno de su madre, quedó sujeto o
ligado el forres, de suerte que estaba excluido todo movimiento
desordenado de los sentidos. Cuando María concibió a
Cristo, entonces quedó totalmente extinguido el forres, de
suerte que las fuerzas
sensitivas se hallaban completamente
sometidas al gobierno de la razón (S.th. III 27, 3). Esta
distinción que hace Santo Tomás parte del supuesto equivocado
de que María había sido justificada del pecado original
existente ya» en ella.
Pero, como la Virgen había sido
preservada de dicho pecado, es lógico admitir que desde
un principio se vio libre de la concupiscencia lo mismo que se
había visto Libre del pecado original.
2. Inmunidad de todo pecado actual
Por un privilegio especial de la
gracia, Maria estuvo inmune
de toda pecado personal durante el
tiempo de su vida (sent.
próxima a la fe).
El concilio de Trento declaró que
ningún justo podía evitar durante su vida todos los pecados,
aun los veniales, a no ser por un privilegio especial de
Dios, como el que sostiene la Iglesia con respecto a la
Madre de Dios («nisi ex speciali Dei privilegio, quemadmodum de beata
Virgine tenet Ecclesia») ; Dz 833. Pío xii, en
su encíclica Mystici Corporis, dice de la Virgen Madre de Dios
que «estuvo libre de toda culpa propia o hereditaria» ;
Dz 2291.
La impecabilidad de María la indica la Escritura en Lc 1,
28: «Dios te salve, agraciada». Es
incompatible con la plenitud mariana de gracia cualquier falta
moral propia.
Mientras que algunos padres griegos,
como Orígenes, San Basilio, San Juan Crisóstomo y San
Cirilo de Alejandría, admitieron en la Virgen la existencia de
algunas pequeñas faltas personales como vanidad y
deseo de estimación,
duda ante las palabras del ángel y
debilidad en la fe al pie de la cruz, los padres latinos
sostuvieron unánimemente la impecancia de María. SAN AGUSTÍN
enseña que, por la honra del Señor, hay que excluir de la Virgen María todo
pecado personal (De natura et
gratia 36, 42). San Efrén el sirio coloca a María, por su
impecancia, en un mismo nivel con Cristo (véase § 3).
Según doctrina de Santo Tomás, la
plenitud de gracia que María recibió en su concepción
activa — según la moderna teología, la recibió ya en su
concepción pasiva—, operó su confirmación en el bien y, por
tanto, la impecabilidad de la
Virgen ; S.th. iii 27, 5 ad 2
LA INMACULA CONCEPCION DESDE EL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA
490 Para ser la Madre del Salvador, María
fue "dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante" (LG 56).
El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como "llena de gracia"
(Lc 1, 28). En efecto, para poder dar el asentimiento libre de
su fe al anuncio de su vocación era
preciso que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios.
491 A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado
conciencia de que María "llena de gracia" por Dios (Lc 1, 28) había sido redimida
desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción,
proclamado en 1854 por el Papa Pío IX:
...la bienaventurada
Virgen María fue preservada inmune de toda la mancha de pecado original en el
primer
instante de su concepción
por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos
de Jesucristo Salvador del
género humano (DS 2803).
492 Esta "resplandeciente santidad
del todo singular" de la que ella fue "enriquecida desde el primer instante de su concepción"
(LG 56), le viene toda entera de Cristo: ella es "redimida de la manera más sublime
en atención a los méritos de su Hijo" (LG 53). El Padre la ha "bendecido con toda
clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo" (Ef 1, 3) más que a ninguna otra persona
creada. Él la ha elegido en él antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en
su presencia, en el amor (Cf. Ef 1, 4).
493 Los Padres de la tradición oriental
llaman a la Madre
de Dios "la Toda Santa" ("Panagia"), la celebran como
inmune de toda mancha de pecado y como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una nueva
criatura" (LG 56). Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal
a lo largo de toda su vida.
"Hágase en mí según tu
palabra..."
494 Al anuncio de que ella dará a luz al
"Hijo del Altísimo" sin conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo (Cf. Lc 1,
28-37), María respondió por "la obediencia de la fe" (Rm 1, 5), segura de que "nada hay
imposible para Dios": "He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,
37-38). Así dando su consentimiento a la palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y,
aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo
impidiera, se entregó a sí misma por entero a la
persona y a la obra de su Hijo, para
servir, en su dependencia y con él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Redención (Cf. LG 56):
Ella, en efecto, como
dice S. Ireneo, "por su obediencia fue causa de la salvación propia y de
la de todo el
género humano". Por
eso, no pocos Padres antiguos, en su predicación, coincidieron con él en
afirmar "el nudo
de la desobediencia de
Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de
fe lo desató la Virgen María por su fe".
Comparándola con Eva, llaman a María `Madre de los vivientes” y afirman con mayor
frecuencia: "la muerte vino por Eva, la vida por María". (LG. 56).
ENLACES:
domingo, 12 de agosto de 2012
Dogma la Virginidad perpetua de Maria
LA VIRGINIDAD PERPETUA DE MARÍA
María fue virgen antes del parto, en
el parto y después del parto (de fe).
El sínodo de Letrán del año 649, presidido
por el papa Martín 1, recalcó los tres momentos de la virginidad de María
cuando enseñó que «la santa, siempre virgen e inmaculada María... concibió del
Espíritu Santo sin semilla, dio a luz sin detrimento [de su virginidad]
y permaneció indisoluble su virginidad después del parto» ; Dz 256. Paulo
iv declaró (1555) : «Beatissimam Virginem Mariam... .
perstitisse semper in virginitatis
integritate, ante Jartum scilicet, in partu et perpetuo post partum» ; Dz 993.
La virginidad de María comprende: la
virginitas mentis, es decir, la perpetua virginidad de su espíritu; la virginitas
sensus, es decir, la inmunidad de todo movimiento desordenado del apetito
sensual; y la virginitas corporis, es decir, la integridad corporal. El
dogma católico se refiere ante todo a la integridad corporal.
1. Virginidad antes del parto
María concibió del Espíritu Santo
sin concurso de varón (de fe).
Los adversarios de la concepción
virginal de María fueron en la antigüedad los judíos y los paganos (Celso,
Juliano el Apóstata), Cerinto y los ebionitas; en los tiempos modernos son
adversarios de este dogma los racionalistas, que procuran buscar en Is 7, 14
o en las mitologías paganas el origen de la creencia en la concepción
virginal de la Virgen.
Todos los símbolos de la fe expresan
la creencia de la Iglesia
en la concepción (activa) virginal de María. El símbolo apostólico confiesa :
«Qui conceptus est de Spiritu Sancto» ; cf. Dz 86, 256, 993. En Lc 1, 26
s, vemos testimoniado que María llevó vida virginal hasta el instante de su
concepción activa : «El ángel Gabriel fue enviado por Dios... a una virgen... y
el nombre de la virgen era María».
La concepción virginal de María fue
predicha en el Antiguo Testamento por el profeta Isaías en su célebre profecía
de Emmanuel (Is 7, 14) : «Por tanto, el mismo Señor os dará señal : He aquí que
la virgen [ha 'alma; é parthenos] concebirá y dará a luz un hijo, y
llamará su nombre Emmanuel [ — Dios con nosotros]».
El judaísmo no llegó a entender en
sentido mesiánico este pasaje. Pero el cristianismo lo refirió desde un
principio al Mesías, pues vio cumplida la señal ; cf. Mt 1, 22 s. Como, por
la descripción que sigue a la profecía (cf. Is 9, I ss), resulta claro que
Emmanuel es el Mesías, no podemos entender por 'alma ni a la
esposa del rey Acaz ni a la del profeta Isaías, sino a la madre del Mesías. Los
judíos salieron en contra de esta interpretación cristiana arguyendo que la
versión de los Setenta no traducía bien el término ha 'alma por é parthenos = la virgen,
sino que debía hacerlo por é neanis = la joven (como traducen Aquilas,
Teodoción y Sínmaco). Semejante argucia no tiene razón de ser, pues la palabra 'alma en el lenguaje bíblico denota siempre una doncella núbil e
intacta; cf. Gen 24, 43, con Gen 24, 16; Ex 2, 8; Ps 67, 26; Cant
1, 2 (M 1, 3); 6, 7 (M 6, 8). El contexto exige la significación
de «virgen», pues solamente hay un signo extraordinario cuando una virgen
concibe y da a luz como virgen.
El cumplimiento de esta profecía de
Isaías queda testimoniado en Mt 1, 18 ss y Lc 1, 26 ss. Mt 1, 18:
«Estando desposada María, su madre, con José, antes de que conviviesen,
se halló haber concebido María del Espíritu Santo» ; Lc 1, 34 s : «Dijo María
al ángel : ¿ Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón? El ángel le
contestó y dijo: [El] Espíritu Santo vendrá sobre ti y [la] virtud del Altísimo
te cubrirá con su sombra». Como María vivía en legítimo matrimonio con José,
éste era el padre, legal de Jesús; Lc 3, 23: «El hijo de José, según se creía»;
cf. I,c 2, 23 y 48.
Las objeciones de los críticos
racionalistas (A. Harnack) contra la autenticidad de Lc 1, 34 s, brotan
únicamente de sus ideas preconcebidas. La variante, completamente aislada, del Syrus
sinaiticus a propósito de Mt 1, 16: «Jacob engendró a José; y José, con
quien estaba desposada María Virgen, engendró a Jesús, que es llamado Cristo»,
no puede ser considerada como primitiva a causa del poco valor de su
testimonio. Caso de que no se tratara de un simple lapsus de algún copista, es
necesario suponer que el traductor de esta antigua versión siríaca entendía en
sentido legal la paternidad que atribuye a José, pues más adelante (1, 18 ss)
refiere la concepción por obra del Espíritu Santo,
lo mismo que hacen todos los demás
documentos del texto sagrado. El origen de esta extraña variante se debe a
haber querido guardar el paralelismo del v 16 con los anteriores vv, en los
cuales una misma persona es primero objeto y después sujeto de la generación.
Pudo servir de base a esta variante aquella otra secundaria que presentan
varios códices, sobre todo occidentales: «Y Jacob engendró a José, con el cual
[estaba] desposada la
Virgen María, [la cual] engendró [= parió] a Jesús, que es
llamado Cristo.»
Los padres dan testimonio de la
concepción virginal de María, siendo su testimonio en este respecto totalmente unánime
; cf. SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Smyrn. 1, 1: «Nacido verdaderamente de
una virgen» ; Trall. 9, 1; Eph. 7, 2; 18, 19, 1. Los santos
padres, comenzando por San
Justino, propugnan la interpretación
mesiánica de Is 7, 14, e insisten en que las palabras del texto hay que
entenderlas en el sentido de que la madre de Etnmanuel concebirá y dará a
luz como Virgen (in sensu composito, no in sensu diviso); cf.
SAN JUSTINO, Dial. 43; 66-68; 77; Apol. r 33; SAN IRENEO, Adv.
haer. Iir 21; ORÍGENES, Contra Celsum
134 s ;
S.th. In 28, 1.
2. Virginidad en el parto
María dio a luz sin detrimento de su
integridad virginal (de
fe por razón del magisterio universal de la Iglesia).
El dogma afirma que la integridad
corporal de María se mantuvo intacta en el acto de dar a luz. Al igual
que en la concepción, también en el parto se mantuvo su integridad virginal. Su
parto tuvo carácter extraordinario. Puntualizar en qué consiste la integridad
virginal en el parto en el aspecto fisiológico, no corresponde a la fe
de la Iglesia. Según
las declaraciones del magisterio eclesiástico y según los testimonios de la
tradición, hay que afirmar que la virginidad en el parto es diferente de la
virginidad en la concepción y se añade a ella como una nueva fase.
La explicación teológica relaciona
la integridad corporal en el parto con la exención de desordenada concupiscencia.
Esta exención tiene como consecuencia el absoluto dominio de las fuerzas
espirituales sobre los órganos corporales y procesos fisiológicos. De ellos
resulta que María tuvo en el nacimiento de Jesús un papel completamente activo,
como también lo insinúa la
Sagrada Escritura (Le 2, 7). De este modo se puede explicar
la falta de dolores físicos y sobre todo la falta,de afectos sexuales. La
integridad corporal es el elemento material de la virginidad en el parto,
mientras que la falta de afectos sexuales es el elemento formal (cf. J. B. ALFARO,
Adnotationes in tractatum de Beata Virgine Maria, Rom 1958, 53 ss).
En la antigüedad cristiana
impugnaron la virginidad de María en el parto : TERTULIANO (De carne Christi
23) y, sobre todo, Joviniano, adversario decidido del ideal
cristiano de perfección virginal. En los tiempos modernos lo ha impugnado el
racionalismo (Harnack : «una invención gnóstica»).
La doctrina de Joviniano («Virgo
concepit, sed non virgo generavit») fue reprobada en un sínodo de Milán (390) presidido
por SAN AMBROSIO (cf. Ep. 42), en el cual se hizo referencia al símbolo
apostólico : «Natus ex Maria Virgine». La virginidad de María en el parto se
halla contenida implícitamente en el
título «Siempre Virgen» (áemap9évog), que le otorgó e'l v concilio
universal de Constantinopla el año 553; Dz 214, 218, 227. Esta verdad es enseñada
expresamente por el papa SAN LEÓN i en la Epístola dogmatica ad Flavianum (Ep 28,
2), que fue aprobada por el concilio de Calcedonia. La enseñaron también
expresamente el sínodo de Letrán (649) y el papa Paulo iv (1555) ; Dz 256, 993.
Pío xii nos dice, en su encíclica Mystici Corporis: «Ella dio la vida a
Cristo nuestro Señor con un parto admirable» («mirando partu edidit»). La fe
universal de la Iglesia
en este misterio halla también expresión en la liturgia. Cf. el
prefacio de las festividades de Maria (virginitatis gloria permanente) y los
responsorios de la v lección de la Natividad del Señor (cuius viscera intacta permanent)
y de la vrir lección de la fiesta de la Circuncisión del
Señor (peperit sine dolore).
Is 7, 14 anuncia que la virgen dará
a luz (en cuanto virgen).
Los santos padres refieren también
en sentido típico al parto virginal del Señor aquella palabra del profeta
Ezequiel que nos habla de la puerta cerrada (Ez 44, 2; cf. SAN AMBROSIO, Ep.
42, 6; SAN JERÓNIMO, Ep. 49, 21), la del profeta Isaías sobre el
parto sin dolor (Is 66, 7; cf. SAN IRENEO, Epid. 54; SAN JUAN
DAMASCENO, De fide orth. iv 14) y la del Cantar de los Cantares sobre el
huerto cerrado y la fuente sellada (Cant 4, 12; cf. SAN JERÓNIMO, Adv. Iov. i
31; Ep. 49, 21).
SAN IGNACIO m ANTIOQUÍA designa no
sólo la virginidad de María, sino también su parto, como un «misterio que debe
ser predicado en alta voz» (Eph. 19, 1). Claro testimonio del parto
virginal de Cristo lo dan los escritos apócrifos del siglo II (Odas de
Salomón 19, 7ss; Protoevangelio de Santiago 19s; Subida al cielo
de Isaías 11, 7 ss), y también escritores eclesiásticos como SAN IRENEO
(Epid. 54; Adv. haer. III 21, 4-6), CLEMENTE AI.EIANDRINO
(Strom. VII 16, 93), ORÍGENES (In Lev.
hom. 8, 2; de otra manera en In Luc. hora. 14).
Contra Joviniano escribieron SAN AMBROSIO (Ep. 42, 4-7), SAN JERÓNIMO (Adv.
Jov. i 31; Ep. 49, 21) y SAN AGUSTÍN (Enchir. 34), quienes
defendieron la doctrina tradicional de la Iglesia. Para
explicar de forma intuitiva este misterio, los padres y teólogos se sirven de
diversas analogías: la salida de Cristo del sepulcro sellado, el
modo con que Al pasaba a través de las puertas cerradas, como pasa un rayo de
sol por un cristal sin romperlo ni mancharlo, la generación del Logos del seno
del Padre, el brotar del pensamiento en la mente del hombre.
3. Virginidad después del parto
María vivió también virgen después
del parto (de fe).
La virginidad de María después del
parto fue negada en la antigüedad por TERTULIANO (De monog. 8), Eunomio,
Joviniano, Helvidio, Bonoso de Cerdeña y los antidicomarianitas. En los tiempos
modernos es combatida por la mayoría de los protestantes, tanto de tendencia
liberal como conservadora, mientras que
Lutero, Zwinglio y la teología luterana antigua mantuvieron decididamente la virginidad
perpetua de María; cf. Articuli Smalcaldici P. 1, art. 4: «ex Maria,
pura, sancta semper virgine».
El papa Siricio (392) reprobó la
doctrina de Bonoso; Dz 91.
El v concilio universal (553) aplica
a María el título glorioso de «Siempre Virgen»; Dz 214, 218, 227. Cf. Las declaraciones
del sínodo de Letrán (649) y de Paulo iv (1555) ; Dz 256, 993. También la
liturgia celebra a María como «Siempre Virgen» ; cf. la oración Communicantes
en el canon de la misa. La Iglesia reza : «Post
partum, Virgo, inviolata permansisti».
La Sagrada Escritura sólo testimonia indirectamente la perpetua
virginidad de María después del parto. La interpretación tradicional de Lc 1,
34: <<Cómo sucederá esto, pues no conozco varón ?», infiere de la
respuesta de María que ella, por una especial iluminación divina, había concebido el propósito de permanecer
siempre virgen. San Agustín supone incluso un voto formal de virginidad. Según la
interpretación más reciente, María, apoyándose en la concepción
veterotestamentaria del matrimonio y la maternidad, entró en el matrimonio con
una voluntad matrimonial normal. Cuando el ángel
le anunció la concepción como un suceso inmediatamente inminente, ella objetó
que no era posible, ya que antes de la conducción a casa no sostenía relaciones
conyugales con su marido. Nos consta también indirectamente la virginidad
perpetua de
María por el hecho de que el
Salvador, al morir, encomendase a su Madre a la protección de San Juan (Ioh 19,
26: «Mujer, ahí tienes a tu hija»), lo cual nos indica claramente que María no
tuvo otros hijos fuera de Jesús; cf. ORÍGENES, In Loan. i 4 (6), 23.
Los «hermanos de Jesús», de los que
varias veces se hace mención en la Sagrada Escritura, y a quienes nunca se les llama
«hijos de María», no son sino parientes cercanos de Jesús; cf. Mt 13, 55, con
Mt 27, 56; Ioh 19, 25; Gal 1, 19. El lugar de Lc 2, 7: «Y
[María] dio a luz a su hijo primogénito» (cf. Mt 1, 25, según Vg) no da
pie para suponer que María tuviera otros hijos después de
Jesús, pues entre los judíos se llamaba también «primogénito» al hijo único. La
razón es que el título «primogénito» contenía ciertas prerrogativas y derechos
especiales; cf. Hebr 1, 6, donde al Hijo unigénito de Dios se le llama
«Primogénito de Dios». Los lugares de Mt 1, 18: «Antes de que hubiesen vivido
juntos», y Mt 1, 25: «No la conoció hasta que dio a luz a su hijo»,
significan únicamente que hasta un determinado
momento no se había consumado el matrimonio, pero sin
que afirmen por ello que después se consumara; cf. Gen 8, 7; 2 Reg 6,
23; Mt 28, 20.
Entre los padres, fueron defensores
de la virginidad de María después del parto : ORÍGENES (In Luc. hon. 7), SAN
AMBROSIO (De inst. virg. et S. 1lvlariae virginitate perpetua), SAN JERóNIMo (De perpetua virginitate B. Mariae adv.
Helvidium), SAN AGUSTÍN (De haeresibus 56, 84), SAN EPIFANIO (Haer. 78; contra
los antidicomarianitas). SAN BASILIO observa: «LOS que son amigos de Cristo no
soportan oir que la Madre
de Dios cesó alguna vez de ser virgen» (Hora. in s. Christi generationem, n.
5) ; cf. SAN JUAN DAMASCENO, De fide orth. Iv 14; S.th. III
28, 3.
Desde el siglo Iv los santos padres,
como, v.g., ZENÓN DE VERONA (Tract. 15, 3; II 8, 2), SAN
AGUSTÍN (Sereno 196, 1, 1; De cat. rud. 22, 40), PEDRO CRISÓLOGO (Sermo
117), exponen ya Ios tres momentos de la virginidad de María en la
siguiente fórmula : «Virgo concepit, virgo peperit, virgo permansit» (SAN
AGUSTÍN, Sermo 51, 11, 18).
LA VIRGINIDAD DE MARIA DESDE EL CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA
La virginidad de María
CIC 496 Desde las primeras formulaciones de
la fe (Cf. DS 10-64), la
Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María
únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto
corporal de este suceso: Jesús fue concebido "absque semine ex Spiritu
Sancto" (Cc Letrán, año 649; DS 503), esto es, sin elemento humano, por
obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de
que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la
nuestra: Así, S. Ignacio de
Antioquía (comienzos del siglo II): "Estáis firmemente convencidos acerca
de que nuestro
Señor es verdaderamente
de la raza de David según la carne (Cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la
voluntad y el poder de Dios (Cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una
virgen,... Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio
Pilato... padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente"
(Smyrn. 1-2).
CIC 497 Los relatos evangélicos (Cf. Mt 1,
18-25; Lc 1, 26-38) presentan la concepción virginal como una obra divina que
sobrepasa toda comprensión y toda posibilidad humanas (Cf. Lc 1, 34): "Lo
concebido en ella viene del Espíritu Santo", dice el ángel a José a
propósito de María, su desposada (Mt 1, 20). La Iglesia ve en ello el
cumplimiento de la promesa divina hecha por el profeta Isaías: "He aquí
que la virgen concebirá y dará a luz un Hijo" (Is 7, 14 según la
traducción griega de Mt 1, 23).
CIC 498 A veces ha desconcertado el silencio del
Evangelio de S. Marcos y de las cartas del Nuevo Testamento sobre la concepción
virginal de María. También se ha podido plantear si no se trataría en este caso
de leyendas o de construcciones teológicas sin pretensiones históricas. A lo
cual hay que responder: La fe en la concepción virginal de Jesús ha encontrado
viva oposición, burlas o incomprensión por parte de los no creyentes, judíos y
paganos (Cf. S. Justino, Dial 99, 7; Orígenes, Cels. 1, 32, 69; entre otros);
no ha tenido su origen en la mitología pagana ni en una adaptación de las ideas
de su tiempo. El sentido de
este misterio no es accesible más que a
la fe que lo ve en ese "nexo que reúne entre sí los misterios" (DS
3016), dentro del conjunto de los Misterios de Cristo, desde su Encarnación
hasta su Pascua. S. Ignacio de Antioquía da ya testimonio de este vínculo:
"El príncipe de este mundo ignoró la virginidad de María y su parto, así
como la muerte del Señor: tres misterios resonantes que se realizaron en el
silencio de Dios" (Eph. 19, 1; Cf. 1 Co 2, 8).
María, la "siempre Virgen"
499 La profundización de la fe en la
maternidad virginal ha llevado a la
Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María
(Cf. DS 427) incluso en el parto del Hijo de Dios hecho hombre (Cf. DS 291;
294; 442; 503; 571; 1880). En efecto, el nacimiento de Cristo "lejos de
disminuir consagró la integridad virginal" de su madre (LG 57). La
liturgia de la Iglesia
celebra a María como la "Aeiparthenos", la "siempre-virgen"
(Cf. LG 52). 500 A
esto se objeta a veces que la
Escritura menciona unos hermanos y hermanas de Jesús (Cf. Mc
3, 31-55; 6, 3; 1 Co 9, 5; Ga 1, 19). La Iglesia siempre ha entendido estos pasajes como
no referidos a otros hijos de la Virgen María; en efecto, Santiago y José
"hermanos deJesús" (Mt 13, 55) son los hijos de
una María discípula de Cristo (Cf. Mt 27, 56) que se designa de manera
significativa como "la otra María" (Mt 28, 1). Se trata de parientes
próximos de Jesús, según una expresión conocida del Antiguo Testamento (Cf. Gn
13, 8; 14, 16;29, 15; etc.).
501 Jesús es el Hijo único de María. Pero
la maternidad espiritual de María se extiende (Cf. Jn 19, 26-27; Ap 12, 17) a
todos los hombres a los cuales, El vino a salvar: "Dio a luz al Hijo, al
que Dios constituyó el mayor de muchos hermanos (Rom 8,29), es decir, de los
creyentes, a cuyo nacimiento y educación colabora con amor de madre" (LG
63).
La maternidad virginal de María en el
designio de Dios
CIC 502 La mirada de la fe, unida al conjunto
de la Revelación,
puede descubrir las razones misteriosas por las que Dios, en su designio
salvífico, quiso que su Hijo naciera de una virgen. Estas razones se refieren
tanto a la persona y a la misión redentora de Cristo como a la aceptación por
María de esta misión para con los hombres.
CIC 503 La virginidad de María manifiesta la
iniciativa absoluta de Dios en la Encarnación.
Jesús no tiene como Padre más que a Dios (Cf. Lc 2, 48-49).
"La naturaleza humana que ha tomado no le ha alejado jamás de su Padre...;
consubstancial con su Padre en la divinidad, consubstancial con su Madre en
nuestra humanidad, pero propiamente Hijo de Dios en sus dos naturalezas"
(Cc. Friul en el año 796: DS 619).
CIC 504 Jesús fue concebido por obra del
Espíritu Santo en el seno de la
Virgen María porque Él es el Nuevo Adán (Cf. 1 Co 15,
45) que inaugura la nueva creación: "El primer hombre, salido de la
tierra, es terreno; el segundo viene del cielo" (1 Co 15, 47). La
humanidad de Cristo, desde su concepción, está llena del Espíritu Santo porque
Dios "le da el Espíritu sin medida" (Jn 3, 34). De "su
plenitud", cabeza de la humanidad redimida (Cf. Col 1, 18),"hemos
recibido todos gracia por gracia" (Jn 1, 16).
CIC 505 Jesús, el nuevo Adán, inaugura por su
concepción virginal el nuevo nacimiento de los hijos de adopción en el
Espíritu Santo por la fe "¿Cómo será eso?" (Lc 1, 34;Cf. Jn 3, 9). La
participación en la vida divina no nace "de la sangre, ni de deseo de
carne, ni de deseo de hombre, sino de Dios" (Jn 1, 13). La acogida de esta
vida es virginal porque toda ella es dada al hombre por el Espíritu. El sentido
esponsal de la vocación humana con relación a Dios (Cf. 2 Co 11, 2) se lleva a
cabo perfectamente en la maternidad virginal de María.
CIC 506 María es virgen porque su virginidad
es el signo de su fe "no adulterada por duda alguna" (LG 63) y
de su entrega total a la voluntad de Dios (Cf. 1 Co 7, 34-35). Su fe es la que
le hace llegar a ser la madre del Salvador: "Beatior est Maria percipiendo
fidem Christi quam concipiendo carnem Christi" ("Más bienaventurada
es María al recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de
Cristo" (S. Agustín, virg. 3).
507 María es a la vez virgen y madre
porque ella es la figura y la más perfecta realización de la Iglesia (Cf. LG 63):
"La Iglesia
se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la
predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos
concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También ella es virgen que
guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo" (LG 64).
508 De la descendencia de Eva, Dios
eligió a la Virgen María
para ser la Madre
de su Hijo. Ella, "llena de gracia", es "el fruto excelente de
la redención" (SC 103); desde el primer instante de su concepción, fue totalmente
preservada de la mancha del pecado original y permaneció pura de todo pecado
personal a lo largo de toda su vida.
509 María es verdaderamente "Madre
de Dios" porque es la madre del Hijo eterno de Dios hecho hombre, que es
Dios mismo.
510 María "fue Virgen al concebir a
su Hijo, Virgen al parir, Virgen durante el embarazo, Virgen después del parto,
Virgen siempre" (S. Agustín, serm. 186, 1): Ella, con todo su ser, es
"la esclava del Señor" (Lc 1, 38).
511 La Virgen María
"colaboró por su fe y obediencia libres a la salvación de los hombres" (LG 56). Ella pronunció su
"fiat" "loco totius humanae naturae" ("ocupando el lugar de toda la
naturaleza humana") (Santo Tomás, s. th. 3, 30, 1):
Por su obediencia, Ella se convirtió en
la nueva Eva, madre de los vivientes.
SIMBOLOS
SIMBOLO APOSTOLICO
Texto [según Rufino (forma romana)]
D-4 1. Creo en Dios Padre
omnipotente;Y en Jesucristo su único Hijo, nuestro Señor, que nació de María Virgen por obra del Espíritu Santo, fué crucificado bajo Poncio Pilato y sepultado, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos, está sentado a la diestra del Padre, desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos y en el Espíritu Santo, la Santa
Iglesia, el perdón de los pecados y la resurrección de la carne.
[Según el Psalterium Aethelstani (forma griega)]
D-5 1. Creo en Dios Padre
omnipotente; y en Jesucristo, su Hijo unigénito, nuestro Señor, que nació del Espíritu Santo y de María Virgen, que fué crucificado y sepultado bajo Poncio Pilato, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos, está sentado a la diestra del Padre, desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos y en el Espíritu Santo, la Santa
Iglesia, el perdón de los pecados y la resurrección de la carne. Amén.
Texto [Según el Orden romano]
D-7 1. Creo en Dios Padre
omnipotente, creador del cielo y de la tierra; 2. y en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor,
que fué concebido por obra del Espíritu Santo y nació de María
Virgen, padeció bajo Poncio Pilatos, fué crucificado, muerto y
sepultado, descendió a los infiernos, 5. al tercer día resucitó de entre los muertos, 6. subió a los cielos, está sentado a la diestra de Dios Padre
todopoderoso, desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos creo en el Espíritu Santo, la Santa
Iglesia Católica, la comunión de los
Santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna.
Texto [De San Cirilo de Jerusalén]
D-9 1. Creemos en un solo Dios Padre
omnipotente, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible e invisible; y en un solo señor Jesucristo,
hijo de Dios unigénito, que nació del Padre, Dios verdadero, antes de todos los siglos,
por quien todo fué hecho,
3. (que por nuestra salvación) se encarnó (del Espíritu Santo y
María Virgen) y se hizo hombre, fué crucificado (bajo Poncio Pilatos) y sepultado,
resucitó al tercer día (según las Escrituras) y subió a los cielos, y está
sentado a la diestra del Padre, 7. y ha de venir con gloria a juzgar a los
vivos y a los muertos, y el reino de El no tendrá fin; 8. y en un solo
Espíritu Santo, Paráclito, que habló por los profetas 9.(2) y en una sola Santa Iglesia
[Católica], y
en un solo bautismo de penitencia para el perdón de los pecados,
y en la resurrección de la carne, y en la vida eterna
FORMULA LLAMADA FE DE DAMASO (1)[De autor y tiempo inciertos; en Francia hacia el año 500 (?)]
D-16 El Hijo, en el último tiempo,
descendió del Padre para salvarnos y cumplir las Escrituras, a pesar de que nunca dejó de estar con el Padre, y
fué concebido por obra del Espíritu Santo y nació de María Virgen, tomó carne,
alma o inteligencia, esto es, al hombre perfecto, y no perdió lo que era, sino que
empezó
a ser lo que no era; de modo, sin embargo, que es perfecto en lo
suyo y verdadero en lo nuestro.
CREDO DEL PUEBLO DE DIOS
Solemne
Profesión de fe que Pablo VI pronunció el 30 de junio de 1968, al concluir el Año de la fe proclamado con motivo del XlX centenario del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en Roma
11. Creemos en nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios. El es el Verbo
eterno, nacido del Padre antes de todos los siglos y consustancial al Padre, u homoousios
to Patri; por quien han sido hechas todas las cosas. Y se encarnó por obra
del Espíritu Santo, de María la
Virgen, y se hizo hombre: igual, por tanto, al
Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad[6], completamente
uno, no por confusión (que no puede hacerse) de la sustancia, sino por
unidad de la persona [7].
12. El mismo habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad. Anunció y
fundó el reino de Dios, manifestándonos en sí mismo al Padre. Nos dio su
mandamiento nuevo de que nos amáramos los unos a los otros como él nos amó. Nos
enseñó el camino de las bienaventuranzas evangélicas, a saber: ser pobres en
espíritu y mansos, tolerar los dolores con paciencia, tener sed de justicia,
ser misericordiosos, limpios de corazón, pacíficos, padecer persecución por la
justicia. Padeció bajo Poncio Pilato; Cordero de Dios, que lleva los pecados
del mundo, murió por nosotros clavado a la cruz, trayéndonos la salvación con
la sangre de la redención. Fue sepultado, y resucitó por su propio poder al
tercer día, elevándonos por su resurrección a la participación de la vida
divina, que es la gracia. Subió al cielo, de donde ha de venir de nuevo,
entonces con gloria, para juzgar a los vivos y a los muertos, a cada uno según
los propios méritos: los que hayan respondido al amor y a la piedad de Dios
irán a la vida eterna, pero los que los hayan rechazado hasta el final serán
destinados al fuego que nunca cesará.
Y su reino no tendrá fin.
14. Creemos que la
Bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado,
Dios y Salvador nuestro, Jesucristo [8] y que ella,
por su singular elección, en atención a los méritos de su Hijo redimida de
modo más sublime [9], fue
preservada inmune de toda mancha de culpa original [10]
y que supera ampliamente en don de gracia eximia a todas las demás criaturas
[11].
15. Ligada por un vínculo estrecho e indisoluble al misterio de la
encarnación y de la redención[12],
la Beatísima Virgen
María, Inmaculada, terminado el curso de la vida terrestre, fue asunta en
cuerpo y alma a la gloria celeste [13],
y hecha semejante a su Hijo, que resucitó de los muertos, recibió
anticipadamente la suerte de todos los justos; creemos que la Santísima Madre de
Dios, nueva Eva, Madre de la
Iglesia [14],
continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los
miembros de Cristo, por el que contribuye para engendrar y aumentar la vida
divina en cada una de las almas de los hombres redimidos [15].
[6] Ibíd., n. 76.
[7] Ibíd.
[8] Cf. Conc. Efes.:
Denz.-Schön. 251-252.
[9] Cf. Concilio
Vaticano II, constitución dogmática Lumen
gentium, 53.
[10] Cf. Pío IX, Bula Ineffabilis
Deus: Acta p. 1 vol. 1 p. 616.
[11] Cf. Lumen gentium, 53.
[12] Cf. Ibíd., n. 53.58.61..
[13] Cf. Const. apost. Munificentissimus Deus: AAS 42 (1950) 770.
[14] Lumen
gentium, 53.56.61.63; cf. Pablo Vl, Al. en el cierre de la III sesión del concilio Vat.
II: AAS 56 (1964), 1016; exhort. apost. Signum magnum: AAS 59 (1967) 465
y 467.
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