ALETEIA

martes, 9 de abril de 2013

¡Tengamos también nosotros más coraje de dar testimonio de la fe en Cristo Resucitado!



El papa Francisco reza el Regina Caeli desde la 

ventana de su estudio






¡Queridos hermanos y hermanas!
¡Buen día! En este domingo en el que concluye la octava de pascua, les renuevo mis mejores deseos de pascua con las mismas palabras de Jesús Resucitado: ¡Paz a ustedes!. No es un saludo y tampoco un simple deseo: es un don, más aún, un don precioso que Cristo le ofrece a sus discípulos después de haber pasado a través de la muerte y del infierno.

Nos da la paz, como había prometido: “Les dejo la paz, les doy mi paz. No como la da el mundo, yo la doy a ustedes”. Esta paz es el fruto de la victoria del amor de Dios sobre el mal, es el fruto del perdón. Y es exactamente así: la verdadera paz, aquella profunda, viene de la experiencia que uno tiene de la misericordia de Dios.

Hoy es el domingo de la Divina Misericordia -por voluntad del beato Juan Pablo II- que cerró los ojos en este mundo justamente en la vigilia de dicha fecha.
El Evangelio de Juan nos refiere que Jesús se apareció dos veces a los apóstoles reunidos en el Cenáculo: la primera, la noche misma de la Resurrección, cuando no estaba Tomás, quien dijo: si no veo y no toco, no creo.

La segunda vez, ocho días después, estaba también Tomás. Y Jesús se dirigió justamente a él, lo invitó a mirar las heridas y a tocarlas. Y Tomás exclamó: ¡Señor mio y Dios mio!.
Jesús entonces dijo: Porque me has visto tú has creído; ¡bienaventurados quienes no me han visto y han creído!. 
¿Y quiénes eran estos que habían creído sin ver? Otros discípulos, otros hombres y mujeres de Jerusalén, que mismo no habiendo encontrado a Jesús resucitado, creyeron en el testimonio de los apóstoles y de las mujeres.
Esta es una palabra muy importante sobre la fe, podemos llamarla la bienaventuranza de la fe. Beatos aquellos que no vieron y creyeron, esta es la bienaventuranza de la fe.

En cada tiempo y lugar son bienaventurados quienes, a través de la palabra de Dios, proclamada en la Iglesia y testimoniada por los cristianos, creen que Jesucristo es el amor de Dios encarnado, la misericordia encarnada. ¡Y esto vale para cada uno de nosotros!

A los apóstoles Jesús les donó, junto con su paz, el Espíritu Santo, para que pudieran difundir en el mundo el perdón de los pecados, aquel perdón que solamente Dios puede dar, y que ha costado la Sangre del Hijo.
La Iglesia es mandada por Cristo resucitado a transmitir a los hombres la remisión de los pecados, para así hacer crecer el reino del amor, sembrar la paz en los corazones, para que se afirme también en la relaciones, en la sociedad y en las instituciones.

Y el Espíritu de Cristo Resucitado expulsa el miedo del corazón de los apóstoles, los empuja a salir del Cenáculo para llevar el Evangelio. ¡Tengamos también nosotros más coraje de dar testimonio de la fe en Cristo Resucitado! ¡No debemos tener miedo de ser cristianos y de vivir como cristianos!
!Nosotros debemos tener este coraje de ir y anunciar a Cristo resucitado, porque Él es nuestra paz. Él ha traído la paz con su amor, con su perdón, con su sangre y con su misericordia!

Queridos amigos. Hoy por la tarde celebraré la eucaristía en la basílica de San Juan de Letrán, que es la catedral del obispo de Roma. Recemos junto a la Virgen María para que nos ayude, obispo y pueblo, a caminar en la fe y en la caridad.

Confiando siempre en la misericordia del Señor, porque Él siempre nos espera, nos ama, nos ha perdonado con su sangre y nos perdona cada vez que vamos a Él a pedir perdón. Tengamos confianza en su misericordia.


sábado, 6 de abril de 2013

María pues es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina.








En estas palabras pascuales de la Iglesia resuenan en la plenitud de su contenido profético las ya pronunciadas por María durante la visita hecha a Isabel, mujer de Zacarías: « Su misericordia de generación en generación ».101 Ellas, ya desde el momento de la encarnación, abren una nueva perspectiva en la historia de la salvación. Después de la resurrección de Cristo, esta perspectiva se hace nueva en el aspecto histórico y, a la vez, lo es en sentido escatológico. Desde entonces se van sucediendo siempre nuevas generaciones de hombres dentro de la inmensa familia humana, en dimensiones crecientes; se van sucediendo además nuevas generaciones del Pueblo de Dios, marcadas por el estigma de la cruz y de la resurrección, « selladas » 102 a su vez con el signo del misterio pascual de Cristo, revelación absoluta de la misericordia proclamada por María en el umbral de la casa de su pariente: « su misericordia de generación en generación ».

Además María es la que de manera singular y excepcional ha experimentado —como nadie— la misericordia y, también de manera excepcional, ha hecho posible con el sacrificio de su corazón la propia participación en la revelación de la misericordia divina. Tal sacrificio está estrechamente vinculado con la cruz de su Hijo, a cuyos pies ella se encontraría en el Calvario. Este sacrificio suyo es una participación singular en la revelación de la misericordia, es decir, en la absoluta fidelidad de Dios al propio amor, a la alianza querida por El desde la eternidad y concluida en el tiempo con el hombre, con el pueblo, con la humanidad; es la participación en la revelación definitivamente cumplida a través de la cruz. Nadie ha experimentado, como la Madre del Crucificado el misterio de la cruz, el pasmoso encuentro de la trascendente justicia divina con el amor: el « beso » dado por la misericordia a la justicia.104 Nadie como ella, María, ha acogido de corazón ese misterio: aquella dimensión verdaderamente divina de la redención, llevada a efecto en el Calvario mediante la muerte de su Hijo, junto con el sacrificio de su corazón de madre, junto con su « fiat » definitivo.

María pues es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina. Sabe su precio y sabe cuán alto es. En este sentido la llamamos también Madre de la misericordia: Virgen de la misericordia o Madre de la divina misericordia; en cada uno de estos títulos se encierra un profundo significado teológico, porque expresan la preparación particular de su alma, de toda su personalidad, sabiendo ver primeramente a través de los complicados acontecimientos de Israel, y de todo hombre y de la humanidad entera después, aquella misericordia de la que « por todas la generaciones » 105nos hacemos partícipes según el eterno designio de la Santísima Trinidad.

Los susodichos títulos que atribuimos a la Madre de Dios nos hablan no obstante de ella, por encima de todo, como Madre del Crucificado y del Resucitado; como de aquella que, habiendo experimentado la misericordia de modo excepcional, « merece » de igual manera tal misericordia a lo largo de toda su vida terrena, en particular a los pies de la cruz de su Hijo; finalmente, como de aquella que a través de la participación escondida y, al mismo tiempo, incomparable en la misión mesiánica de su Hijo ha sido llamada singularmente a acercar los hombres al amor que El había venido a revelar: amor que halla su expresión más concreta en aquellos que sufren, en los pobres, los prisioneros, los que no ven, los oprimidos y los pecadores, tal como habló de ellos Cristo, siguiendo la profecía de Isaías, primero en la sinagoga de Nazaret 106 y más tarde en respuesta a la pregunta hecha por los enviados de Juan Bautista.107
Precisamente, en este amor « misericordioso », manifestado ante todo en contacto con el mal moral y físico, participaba de manera singular y excepcional el corazón de la que fue Madre del Crucificado y del Resucitado —participaba María—. En ella y por ella, tal amor no cesa de revelarse en la historia de la Iglesia y de la humanidad. Tal revelación es especialmente fructuosa, porque se funda, por parte de la Madre de Dios, sobre el tacto singular de su corazón materno, sobre su sensibilidad particular, sobre su especial aptitud para llegar a todos aquellos que aceptan más fácilmente el amor misericordioso de parte de una madre. Es éste uno de los misterios más grandes y vivificantes del cristianismo, tan íntimamente vinculado con el misterio de la encarnación.
« Esta maternidad de María en la economía de la gracia —tal como se expresa el Concilio Vaticano II— perdura sin cesar desde el momento del asentimiento que prestó fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz hasta la consumación perpetua de todos los elegidos. Pues asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno cuida a los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada ».108

NOTAS:
102

2 Cor 1, 21 s.

103 Lc 1, 50.

104 Cfr. Sal 85 (84), 11.

105 Lc 1, 50.

106 Cfr. Lc 4, 18.

107 Cfr. Lc 7, 22.

108 Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen Gentium, 62: A.A.S. 57 (1965), p. 63.


Ioannes Paulus PP. II
Carta Encíclica Dives in misericordia
sobre la Misericordia Divina


1980.11.30

martes, 26 de marzo de 2013

Domingo de Ramos, Santuario Cenáculo de Bellavista, Consagración a la Mater





Después de vencer a la muerte y al demonio,317
quieres que te depositen agotado
en el regazo maternal de María.
Con tanta profundidad y ternura estás unido a ella,
que en nuestro corazón
se manifiesta cálidamente el plan del Padre.
(Hacia el Padre. P. José Kentenich)




miércoles, 6 de marzo de 2013

Prière pour l'Eglise par les cardinaux

Santuario Cenáculo de Bellavista. Angelus Domini, tercer domingo de Cuaresma








V. El Ángel del Señor anunció a María.
R. Y concibió por obra del Espíritu Santo.
Dios te salve, María... Santa María...
V. He aquí la esclava del Señor.
R. Hágase en mí según tu palabra.
Dios te salve, María... Santa María...
V. Y el Verbo se hizo carne.
R. Y habitó entre nosotros.
Dios te salve, María... Santa María...
V. Ruega por nosotros, santa Madre de Dios.
R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.
Oremos:
Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que, por el anuncio del Ángel, hemos conocido la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos, por su pasión y su cruz, a la gloria de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.


ÁNGELUS DOMINI
V. Ángelus Dómini nuntiávit Maríae.
R. Et concépit de Spíritu Sancto.
Ave María.
V. Ecce ancílla Dómini.
R. Fiat mihi secúndum verbum tuum.
Ave María.
V. Et Verbum caro factum est.
R. Et habitávit in nobis.
Ave María.
V. Ora pro nobis, sancta Dei Génitrix.
R. Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.
Orémus:
Grátiam tuam, quaésumus, Dómine, méntibus nostris infúnde: ut qui, Ángelo nuntiánte, Christi Fílii tui Incarnatiónem cognóvimus, per Passiónem ejus et Crucem ad resurrectiónis glóriam perducámur. Per eúmdem Christum Dóminum nostrum.
R. Amen.